lunes, 3 de febrero de 2014

Sobre los días en suspenso

El año pasado mi mamá me regaló una caja de Tafil, El discurso vacío de Levrero y una revista que robó de algún museo en España en la que viene un cuento de él ilustrado. Supongo que como los personajes del relato son conejos funcionaba bien para esa clase de revistas de arte, moda, literatura, diseño, sustentabilidad y todo esto.

Hace apenas unas semanas que acabé libro. Interrumpí la lectura por un viaje de tres semanas que hice a Guadalajara. Ahí aproveché para desempolvar libros que no he podido aún traerme al DF y para hojear algunos textos que leí en la universidad y que es hora que no me atrevo a desechar. Tengo dos enormes cajas de fotocopias  con las que todavía no puedo saldar el asunto del desapego. Siempre se me cruzan ideas tipo “tengo cosas ahí que seguro ya no se pueden conseguir” y ese tipo de pretextos de anciano ideático.

El asunto es pues que justo leí el regalo de mi madre y tuve al respecto algunas impresiones:

Estamos frente a una serie de textos que en apariencia no poseen ninguna intención artística o literaria: son básicamente un ejercicio de autoconstrucción a partir de la voluntad, ésta, según Levrero, llega a través de la adquisición de la conciencia del yo, al que llama luego “el yo moderno”. En este caso se ejerce gracias a una terapia grafológica que consiste en lograr la concentración necesaria para trazar correctamente letras y palabras. La calidad caligráfica es inversamente proporcional a las disertaciones que escribe, dice “la hoja en blanco es como un gran postre de chocolate que mi régimen me prohíbe comer y que derrota mi voluntad”.

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Las vicisitudes de la cotidianidad se narran como una sumisión inagotable. No la rutina, que en todo caso sería una victoria para voluntad del “yo moderno”, sí la cotidianidad, en donde “lo circunstancial siempre desplaza a lo esencial”. Cuando leí esto me acordé de algo que escribió Sofía hace muchos años. Decía que la vida (o específicamente crecer o madurar, no lo recuerdo muy bien) era como la necesidad de cruzar una avenida y, en lo que se pone la luz roja para que puedas hacerlo, coges un banquito para sentarte, luego alguien te acerca una mesa, le pones encima un café, una lámpara, unos libros, después, ya qué, una cama, el ventilador, etcétera; y cuando menos piensas ya está instalado un departamento sobre la acera. “Hombres en suspenso” (menciona Levrero el título de la novela de Saul Ballow), no suspendidos ni que penden, sino inconclusos, personas entre paréntesis. De ahí tal vez la fascinación de algunos por los aeropuertos y los hoteles (¿no es el viaje una treta para escondernos de la posibilidad de pertenencia?) y por la búsqueda infinita de excusas para estar en la perpetua postergación de nosotros mismos.

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Pareciera que esta escritura terapéutica, “con carga ‘mágica’”, funciona en dos niveles. La concentración para calcar el trazo caligráfico perfecto se asemeja un tanto a las terapias budistas para obtener un estado de conciencia sobre la realidad del momento presente, y por otro lado, si se fracasa –porque resulta imposible que no suceda– , el discurso se llena de nuevo para arrojar pistas psíquicas que ayudan a desmembrar las fuerzas autodestructivas que se esconden detrás de la inmovilidad. “¿Cómo salir de esto?”, dice al final de un capítulo. “Espero que la grafología me ayude, ya que los dioses me han olvidado.”