viernes, 1 de agosto de 2014

El invaluable cotidiano

Hace apenas unos semanas estaba arruinada, tenía meses sin trabajo y por tanto deprimida. Sobreviví gracias a labores temporales que caían a cuentagotas gracias a mis amigos. Aquellos fueron días extraños, la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer salvo leer todo día en piyama, ver películas y comer comida casera, cosas que no suenan del todo mal si no tomamos en cuenta que apenas y me alcanzaba para la renta y probablemente podía durar hasta tres días sin meterme a la regadera. Dentro de ese oscurantismo que afortunadamente fue más corto de lo que creí (el tiempo en épocas de crisis es especialmente acuoso, hay días en los que crees que simplemente ese el nuevo infernal hábitat al que hay que aprender a adaptarse y así vivir por el resto de la eternidad) había momentos luminosos: la generosidad y gratitud de personas por las que no esperabas nada y la apreciación microscópica de momentos pueriles, en otras palabras, me alimentaba, también, de sucesos inesperados. Toda acción ya era un lujo y, tomar un baño, un magno evento. Todo significa.

 Me encontré esto en un libro que el que por fortuna trabajé en esos días tan críticos:



 Todos construyen su propio Hamlet y yo también lo hago con el mío. Me gusta leer a Shakespeare en las áreas de comida de los grandes centros comerciales. Dado que los asientos no son muy cómodos, estos espacios son de lo mejor para leer y escribir. No sé por qué. Tal vez sea porque estos lugares alimentan nuestros deseos más triviales y la banalidad resulta profundamente relajante. Todo es llamativo y consumible. Adolescentes echan vistazos a los videojuegos y a las chicas, y los adultos leen sus periódicos mientras hacen durar sus cafés de comida rápida. Todo es tan tranquilo en oposición a los tumultuosos teatros donde originalmente se representaban las obras. ¿Ha existido una tarde más placentera en la historia de la humanidad que la de comer una Big Mac después de comprar unos pantalones en Gap? La literatura importa más que nunca en estas condiciones, como baluarte contra la suavidad de las mareas de la modernidad, esas olas de plástico que amenazan con arrollarnos, engordarnos e idiotizarnos. En el área de comida de un centro comercial deslumbra el poder y la gloria de una obra como Hamlet.



Después de trabajar en ese fragmento no pude sino sentir un antojo incontrolable por una BigMac, ¿quién no tiene un antojo de esa índole por lo menos una vez al año? Además, en medio de la desventura en la que vivía, ir al centro comercial más cercano a comer a McDonald’s suponía el mejor plan de los últimos tiempos. Corrí con Gabriel a Plaza Insurgentes y subimos directo a la zona de comida. Mientras aniquilábamos sendas hamburguesas apareció detrás de mi esta escena.





miércoles, 2 de abril de 2014

Lo que somos cuando estamos muertos

 “Mi padre decía que la razón de vivir era prepararse para quedarse muerto por un largo rato”. “As I lay Dying” comienza con esa sentencia en voz de Addie Bundren, una matriarca sureña con cinco hijos: Darl, Jewel, Dewel, Cash y Vardaman. Anse, es el esposo. Un hombre al que poco se le entiende debido al mal estado de su dentadura y al acento sureño.
Esta película, basada en la novela de Faulkner y dirigida por James Franco, es la historia de una familia, que como muchas, lo único que los vincula es la madre, o peor, su muerte. La cinta corre con ella que, aún agónica, escucha la sierra que el mayor de sus hijos usa para cortar la madera de su futuro féretro. Pese a su título, traducido en España como “Mientras Agonizo”, se cuenta la historia de alguien que ya murió y que precisamente por ello ya no veremos más, no obstante, su presencia es tanta que hasta huele. “As I lay Dying” es un road movie devastador. La familia debe llevar el cuerpo de la madre al pueblo natal para que tenga digna sepultura junto a los suyos, tal y como prometió hacer su marido. Bajo ese juramento, emprenden un viaje tortuoso con miles de obstáculos en el camino, como si morir hubiera sido lo de menos. “¿Por qué no me llamaste antes?”, reclama el médico a Anse. Nada supuso un impedimento para ese gran meta que es morir.

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El río está desbordado y hay que cruzar con la carreta. El padre, la hermana (Dewel) y el pequeño logran cruzar andando, los demás cruzan con la madre, los caballos y el vehículo. Un tronco enorme se interpone, la carreta se rompe, el féretro navega unos minutos y, mientras todo esto sucede escuchamos un soliloquio de Addie a propósito de las palabras y la vocación que poseen de ser tan sólo recipientes.

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Recordé ese otro enorme road movie de Buñuel, “Subida al cielo”, filmada en México y en donde también hay una matriarca moribunda y el ataúd de una niña muerta en un camión atascado en un río. Por supuesto, el tono es otro, en Buñuel es todo humor negro y en este otro caso, en el encadenamiento de desdicha no hay tregua y muy probablemente tampoco queremos que haya. Pareciera que todos estuviésemos pugnando la misma pena.

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Al principio hay una escena en la que Vardaman, el hijo más pequeño, viene cargando un gran pez que encontró en el puente. Se lo muestra a su padre y él le indica que vaya a limpiarlo. Antes de eso, atestiguamos cómo Jewel, en solitario, logra domar a un caballo salvaje. Cuando están casi listos para partir, ya con el cadáver en la carreta, Vardaman le dice a su hermano Darl (interpretado por James Franco extraordinariamente dirigido por él mismo) “mi mamá es un pez”, Darl responde “la mamá de Jewel es un caballo”, “¿qué es tu madre”, pregunta el pequeño a Darl, “nada, yo no tengo una”. Acaso todos somos huérfanos de distinta madre aunque nos haya parido la misma.  


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La pueden ver acá y acá



lunes, 3 de febrero de 2014

Sobre los días en suspenso

El año pasado mi mamá me regaló una caja de Tafil, El discurso vacío de Levrero y una revista que robó de algún museo en España en la que viene un cuento de él ilustrado. Supongo que como los personajes del relato son conejos funcionaba bien para esa clase de revistas de arte, moda, literatura, diseño, sustentabilidad y todo esto.

Hace apenas unas semanas que acabé libro. Interrumpí la lectura por un viaje de tres semanas que hice a Guadalajara. Ahí aproveché para desempolvar libros que no he podido aún traerme al DF y para hojear algunos textos que leí en la universidad y que es hora que no me atrevo a desechar. Tengo dos enormes cajas de fotocopias  con las que todavía no puedo saldar el asunto del desapego. Siempre se me cruzan ideas tipo “tengo cosas ahí que seguro ya no se pueden conseguir” y ese tipo de pretextos de anciano ideático.

El asunto es pues que justo leí el regalo de mi madre y tuve al respecto algunas impresiones:

Estamos frente a una serie de textos que en apariencia no poseen ninguna intención artística o literaria: son básicamente un ejercicio de autoconstrucción a partir de la voluntad, ésta, según Levrero, llega a través de la adquisición de la conciencia del yo, al que llama luego “el yo moderno”. En este caso se ejerce gracias a una terapia grafológica que consiste en lograr la concentración necesaria para trazar correctamente letras y palabras. La calidad caligráfica es inversamente proporcional a las disertaciones que escribe, dice “la hoja en blanco es como un gran postre de chocolate que mi régimen me prohíbe comer y que derrota mi voluntad”.

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Las vicisitudes de la cotidianidad se narran como una sumisión inagotable. No la rutina, que en todo caso sería una victoria para voluntad del “yo moderno”, sí la cotidianidad, en donde “lo circunstancial siempre desplaza a lo esencial”. Cuando leí esto me acordé de algo que escribió Sofía hace muchos años. Decía que la vida (o específicamente crecer o madurar, no lo recuerdo muy bien) era como la necesidad de cruzar una avenida y, en lo que se pone la luz roja para que puedas hacerlo, coges un banquito para sentarte, luego alguien te acerca una mesa, le pones encima un café, una lámpara, unos libros, después, ya qué, una cama, el ventilador, etcétera; y cuando menos piensas ya está instalado un departamento sobre la acera. “Hombres en suspenso” (menciona Levrero el título de la novela de Saul Ballow), no suspendidos ni que penden, sino inconclusos, personas entre paréntesis. De ahí tal vez la fascinación de algunos por los aeropuertos y los hoteles (¿no es el viaje una treta para escondernos de la posibilidad de pertenencia?) y por la búsqueda infinita de excusas para estar en la perpetua postergación de nosotros mismos.

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Pareciera que esta escritura terapéutica, “con carga ‘mágica’”, funciona en dos niveles. La concentración para calcar el trazo caligráfico perfecto se asemeja un tanto a las terapias budistas para obtener un estado de conciencia sobre la realidad del momento presente, y por otro lado, si se fracasa –porque resulta imposible que no suceda– , el discurso se llena de nuevo para arrojar pistas psíquicas que ayudan a desmembrar las fuerzas autodestructivas que se esconden detrás de la inmovilidad. “¿Cómo salir de esto?”, dice al final de un capítulo. “Espero que la grafología me ayude, ya que los dioses me han olvidado.”