domingo, 3 de marzo de 2013

Una antología de todas las fotos tituladas "domingo"

No tengo muchos recuerdos de mi infancia, por lo menos no unos muy claros. Me provocaban mucho morbo las conversaciones de los adultos, creo que en gran medida estaba mucho más interesada en crecer que en jugar con mis pares. Recuerdo que como a los siete años hicimos un sepelio para una ave muerta cuya especie en Guadalajara llaman "conguita"; también de un día que fuimos a un rancho en donde celebraron un bautizo. Se hizo de noche y pasamos horas cazando luciérnagas que nos frotábamos luego en la ropa. No recuerdo de mucho más.
 De adolescente era ya más clara mi urgencia por parecer mujer y poder hacer cosas como beber y entrar a bares, así que usaba mucho maquillaje y tacones altos. Cuando por fin tuve a esa edad en la que se puede consumir alcohol legalmente, llegó la etapa del piterpanismo y me rehusé a crecer muchos años hasta que fue inevitable y me vi en la necesidad de, a punta de bofetadas, asumir lo que ahora soy.
 Todo eso pensaba mientras veía Amour (última película de Haneke) porque ahora, un parte de mí le teme profundamente a convertirse en anciana. 

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Hasta hace unos días seguía en instagram a Naomi O, una japonesa que fotografía comida y naturaleza, pero principalmente comida. En algún momento me llegó a obsesionar su vida. Pareciera que todo lo que la rodea es perfecto: sus muebles, su casa, sus utensilios de cocina. La manera en la que muestra al mundo su almuerzo del día es tan impoluto y bello que irrita. Un día hasta soñé con con ella, es decir, con sus imágenes. En mi sueño, detrás de esos platillos supongo suculentos, había importantes capos del narco. Y nada, decidí dejar de seguirla. Habemos quienes un día simplemente ya no podemos con tanta perfección.

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Hay quienes cantan en la regadera. Yo, en cambio, doy ponencias. El otro día impartí una sobre uso del polisíndeton en un texto de Macedonio Fernández. También hago disertaciones en torno al amor o simplemente justifico mis fracasos: ¿por qué en un año de latín no logré aprender nada?, por ejemplo. 
Y pues, eso.

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Hoy me compré dos pares de zapatos porque estoy aburrida y los puse en instagram; o cómo la foto de unos zapatos nuevos también puede fungir como la más hermosa postal de la derrota. 




domingo, 6 de enero de 2013

Notas para iniciar el año y otras cosas que ni al caso

- El año pasado lloré mucho. Nunca había padecido al amor como una suerte de destapacaños. Me gustó.

- Odio tener y, más aún, enlistar y hacer públicos los propósitos (o "resoluciones" como los llaman en el portal gringo para el que trabajo) de año nuevo. Me parecen una mezcla de ingenuidad y pedantería. Sin embargo, en esta ocasión siento una fuerte necesitad de abandonar algunas muletillas, eso y el uso de ciertos superlativos. Esto por sugerencia de un artículo que leí en una revista para mujeres: "Cosas que hay que hacer antes de cumplir 35". El listado era, obviamente, frívolo e irreal, pero ese punto me pareció sensato y me gustó para adoptarlo. 

- Me gusta mucho leer de esas revistas en los aviones. Es como un ritual personal con el rindo tributo a esa otra chica ordinaria que soy. 

- Mi highlight de 2012 tiene el cabello rubio. Lo conocí en un bar hace casi un año y ahora viven conmigo él y sus cuatro gatos. 

- Hace poco compré un par de libros para una pareja amiga de nosotros que nos dio morada recientemente en Nueva York. Suelo regalar libros de poesía que yo misma no he leído pero que en el fondo deseo mucho. Es como mi manera de gritar "sálvate tú".

- "Mientras menos se desea, menos se sufre. El capitalismo neoliberal, tan dependiente del consumo, es casi un infierno budista", leí hace poco en esta cuenta de Twitter. Ese tuit dio vueltas en mi cabeza durante nuestras vacaciones en Nueva York. 
 Estábamos en Other Music, cargando un montón de discos, cuando le digo a G: creo que vamos a comer vinilos todo el 2013, claro que no, me responde sonriendo. Cuando llegamos a casa a por fin abrazar nuestra bendita rutina, descubrimos que el cable del tocadiscos ya no servía.