jueves, 6 de enero de 2011

¡Mesero *espacios en blanco* en mi sopa!

Siempre es bonita la poética de ejecutivo de medio pelo que come en una fonda. A mí me gusta comer en una que está Reforma; me agrada porque mantiene ese equilibrio entre el ambiente laboral y el turístico ya que presumen ser la mismísima cuna de la tradicional torta, me gusta también supongo, porque me sigo sintiendo en esta ciudad un poco turista, una turista siempre de luto. Me gusta aunque no haya postre como en las clásicas comidas corridas, ese postre que, como dice Mole, es la alegoría de que "la intención es lo que cuenta". Acá si bien te va te dan un pulparindo o una palanqueta en la canastita en la que te llevan la cuenta, la que por cierto a diario arroja la misma cantidad. Hasta ocioso debe parecerle al mozo que me atiende que la pida siempre bajo los mismos estándares que el rito requiere, una fanfarronería de mi parte, vamos.

El otro día, un hombre como de cuarenta años se acercó a presentarse, decía estar de vacaciones y ser de Torreón. Muy amable y torpe él. Y aun cuando eventualmente lleguen norteños a intentar establecer un diálogo para luego llevarse, si bien les va, sólo mi nombre y mi oficio a medias, me gusta mucho ingerir mis sagrados alimentos sola.

Aunque una vez al mes sienta la necesidad de llevarme unos muñecos y sentarlos en mi mesa.




Foto: Cerca de mi trabajo, a la hora de la comida, en los preparativos para el Bicentenario.

4 comentarios:

  1. Nada como el espectáculo de corbatas y sacos manchados con "sopa aguada" y el agarrar la tortilla hecha rollito con el meñique levantado.

    Gourmet.

    ResponderEliminar
  2. Esa vez pasé por la pantalla con las barras de colores en la noche. Gracias por recordarlo.

    ResponderEliminar
  3. Me pasa lo mismo, me gusta comer solo. Cómo mucho acepto la compañía de un periódico o un libro.
    Es un momento de paz, de break, de in itinere en plena jornada.

    ResponderEliminar