martes, 22 de septiembre de 2009

Hoy tuve un día cuasi libre

El domingo pasado mi amigo R y yo entramos a ver un brodio romántico protagonizado por Renée Zellweger, que dicho sea de paso, me cae muy bien. New In Town, se llama –creo–, y pues tal cual: un bodrio. Ese día, como muchos otros domingos e incluso días entre semana, estaba in da mood para bodrios, últimamente soy especialmente condescendiente con ellos; sobre todo porque no aspiran a ser otro cosa que lo que son: bodrios. Cuando eres mujer en los linderos de los treinta, las comedias románticas tienen funciones muy específicas, mismas que no enumeraré porque me da hueva y este es mi blog y lloro si quiero. En fin, tengo un top 5 de comedias románticas, ¿tú no?

5.- Legally Blonde (2001). Escena favorita: Elle se presenta con sus compañeros genios sentados en los jardines de Harvard.

4.- How To Lose A Guy In 10 Days (2003). Escena favorita: la joven pareja se empeda en la gran fiesta y toman el micrófono para cantar y decirse “sus verdades” cual coplas de la época de oro del cine nacional.

3.- When Harry Met Sally (1989). Escena favorita: el parodiadísimo orgasmo fake.

2. Bridget Jones's Diary (2001). Escena favorita: Bridget se disfraza de coneja playboy por error.

1.- My Best Friend's Wedding (1997). Escena favorita: ésta: LA AMO.


Menciones honoríficas:

28 Days (2000). Escena favorita: la heroína, Sandra Bollock, habla con su tutor del centro de rehabilitación para decirle que ella tiene que beber por una sencilla razón: es escritora.

The Devil Wears Prada
(2006). Sería mi favorita si no fuera por su final maniqueo y moralino. “Uy, uy, uy, fuchi la frivolidad de la moda. Mejor me regreso a mi empleucho equis de reportera de cultura o política”. Crap.


* * *

Ya en serio. Antes de que empezara el bodrio, proyectaron un spot conmemorativo al bicentenario de la Independencia de México. Sé que para muchos, el mío, es un planteamiento obvio y primario, pero: ¿por qué, por qué?, ¿por qué seguir alimentando el chovinismo y el patriotismo tan nocivo para un pueblo –tan de por sí- carente de identidad, bajo la consigna “el orgullo de ser mexicano”? Más aún con esa manipulación sentimentalista que exhorta a la población a situarse en una resignación guiada por un orgullo mal entendido, muy parecido al que Ismael Rodríguez retrató: soy pobre, por tanto: bueno, por tanto: digno del reino de los cielos, o sea: si soy mexicano tengo pase directo a la gloria, con sólo sentirme orgulloso de serlo.
Es como decir “qué orgullo ser mujer”. Nací mujer y ya, nací mexicana y ya, es sólo una condición natural, no algo de lo que se deba sentir orgullo. No imagino escuchar: “soy hombre y brasileño, qué orgullo”. Esta caminata seguía hoy por la tarde cuando me topo aquí, un artículo a propósito del polémico penacho de Moctezuma, en donde se citan un par de textos de Hugh Eakin: Whose Culture? The Promise of Museums and the Debate Over Antiquities (2008) y Who Owns Antiquity? (2009), publicados en The New York Review of Books, en los que arguye sobre el patrimonio arqueológico que poseen algunos gobiernos en donde existen reliquias de distintas culturas y su derecho a tenerlas, argumentando que “las piezas arqueológicas recién descubiertas dejen de pertenecer a los países. Sus dueños somos todos, es la Humanidad –que debería estar representada por una institución distinta del Estado. Esto debilitaría los vínculos estéticos entre el pasado glorificado y la amenaza nacionalista de los países actuales, y generaría el cosmopolitismo y el pluralismo cultural necesarios para crear un nuevo tipo de ciudadanos del mundo”. Y pues, eso.

3 comentarios:

  1. The moment I wake up ♫ before I put on my make up ♫

    Que chido, tenemos la misma escena favorita ever =-P

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  2. tu post me metió tal rush que terminé escribiendo esto

    http://yorkperry.blogspot.com/2009/09/mi-top-de-escenas-de-piel-chinita.html

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  3. Vayamos por partes; primero, para lo único que sirve la "identidad nacional" es para situar tu nivel de decadencia, de lo contrario todo sería Camboya y Namibia. Segundo, ese anhelo de la ciudadanía global comienza al desprenderse la costra de la pertenencia, por tanto, sea usted un apátrida ejemplar y vomite instintivamente sobre su bandera, símbolos y demás porquería sentimental.
    Finalmente, no está mal ser un huérfano universal.

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