domingo, 6 de septiembre de 2009

De últimas, los títulos me crean conflicto

En la mesa estaban cinco personas: una joven de veinticinco años de aspecto lánguido, como de recién egresada de una clínica para gente con desórdenes alimenticios, un hombre de sesenta, con el pelo casi blanco, con camisa de franela a cuatros, de esas que usamos algunos a los quince años, mientras en nuestros walkman sonaba el Sailing The Seas of Cheese de Primus. A veces me daba por escuchar Black Metal, pero ahora sé que sólo lo hacía porque a Beto, el según yo guapo del salón, le gustaba todo el linaje metalero de esa época. Urgida estaba entonces de pretextos para acercarme a él. Un día me pidió que escuchara una canción, se quitó uno de sus audífonos y lo dirigió a mi oído, me acerqué, yo misma introduje la pastilla a la mi oreja y quedamos frente a frente a milímetros de distancia. Sonaba a voz de Philip Anselmo, pero a decir verdad a ciencia cierta no reconocí ni a la banda, y mucho menos la canción: mi mente estaba estacionada en la cercanía, como venado que se congela al tropezar con las luces de la carretera. Lo único que quería era que el momento –que tanto había deseado– concluyera de inmediato. Lo de siempre: quería volver a la territorio de la fantasía, esa deliciosa zona de confort.

En la mesa estaban también una señora gringa, delgada, entusiasta, tengo la impresión de que aquellos que visten ropas en cuyas etiquetas reina la leyenda “100% Cotton”, están dotados de un optimismo consecuente. A veces creo que vestir algodón de pies a cabeza y calzar diario tenis me haría una mejor persona, eso y tomar todos los días té verde, hacer una caminata diaria por las mañanas, dejar la lactosa, el gluten y a aquella zorra a la que hemos denominado: zona de confort. Asimismo estaba otra señora, de mirada taciturna, fan de Carlos Castaneda y un considerable sobrepeso a cuestas, y al final: yo, situada al lado de la puerta del cubículo privado en uno de los supuestos mejores merenderos de Chinatown. El mesero se acerca a tomar la orden, y yo como única audiencia, el telón se levanta. Nadie sabía nada, se entretejía una maraña de oraciones de sintaxis malparida de tres lenguas en acción, los nombres de la tradición culinaria china rebotaban en las miradas de los cinco comensales, fue como presenciar el big bang de una isoglosa de la vida cotidiana.

“You have a charming way with words. Write a letter this week”, me dijo la galleta de la fortuna. Debí hacerlo. Debí aprovechar las agallas que da la lejanía, escribir dos o tres líneas insulsas y darle “send” sin pensar, pero no. Soy un ciervo que se congela con las luces de carretera.

1 comentario:

  1. yo tambien soy fan de Carlos Castaneda y ahora mismo veo un video de George Micheal ( ya se acabò)


    saludos

    tenìa mucho sin leerle... sigue impresionante.

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