viernes, 5 de junio de 2015

Avenida La Paz

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Galopar por dimensiones
cuya esperanza radica en encontrar
una sala de cine en una carretera
y hormigas hacinadas en un puño
bajo un rincón de piedra húmeda.
Su marcha de dos cuadras
que en unidades de medición en un sueño
equivale a cien pulsaciones por minuto
culminó en un show de saltimbanco
que resulta ser la última función
del siglo que dura sólo una hora.

El Yeti imprime una divagación
en cada huella que deja.
Movimiento petrificado:
                pequeños muros trasatlánticos.

Los pasos se vierten en otros:
pasos gemelos
pasos nones
pasos asimétricos
pasos pareados

Podemos buscar consuelo caminado
hacia el sueño y arrullarnos en la marcha
para despertar cansados de tanto camino
como el espíritu de un reloj
que siempre anda en círculo.

lunes, 2 de febrero de 2015

Sobre pies y síntomas

En días pasados en los que fui a Guadalajara a celebrar las fiestas decembrinas y año nuevo con mis papás, aproveché para hacerme un rutinario chequeo. A mi familia le obsesiona un poco eso de tener los pies en excelentes condiciones. No creo que tanto por una cuestión estética sino porque tal cual responde a una obsesión por la salud de las extremidades. Desde que era niña recuerdo a mi papá referirse a ellos como “los rieles”: “¿te huelen los rieles?”, “ya córtate las uñas de esos rieles”, “baja los rieles del sillón”. El caso es que cada vez que voy a mi ciudad de origen mi madre me anima a hacerme cualquier tipo de chequeo y me pregunta que si de una vez me hace cita con la ginecóloga o el cardiólogo o ya de perdida con el podólogo para que no me vaya con las manos vacías de revisión. Es raro porque pareciera que saben perfectamente que viviendo en el DF es difícil abrir una grieta en el tiempo para asistir al doctor. Es más fácil salir a buscar a una tlapalería la regadera que ya no sirve e instalarla o incluso asistir a una terapia psicológica semanal que a un examen médico.
Estaba en la sala de espera de unos podólogos famosos en Santa Tere, en esas en donde hay sillones de plástico color café y decoración setentera, y mientras escuchaba la conversación de la recepcionista (que parecía ser como la matriarca del negocio) con otras señoras de un poco más de sesenta años. Toda su charla giraba en torno a las enfermedades terminales que han padecido últimamente los miembros de sus familias y todo este proceso asumido desde la aparición del mal hasta el inevitable final. Me sorprendía el desparpajo de su narración, entiendo que detrás existía sin duda un desgarre emocional, sin embargo ese viaje de dolor y miedo se percibía muy lejos de esa sala setentera. Ahí los detalles de cómo dejaron que las niñas se despidieran de su madre moribunda por cáncer de mama era cosa de todos los días. La matriarca acotó al final: “es que ahora tener cáncer es como tener gripa, qué cosa”.
 Al salir de mi consulta, era ahora mi madre la que se encontraba hablando con la matriarca y recepcionista sobre los detalles de su última operación de los juanetes. Me acordé de un pasaje de Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg; la madre del personaje que narra la historia pasa horas hablando sobre sus padecimientos mezclados con la vida de los médicos de los que era paciente. Después, al llegar a casa acompañada de su hija, le anuncia a los presentes que, en efecto, tenía la presión alta, como quien dice “tenía la razón”, como si en lugar de lamentar el padecimiento tuviésemos que concederle una victoria.
 Me pregunto si en eso nos hemos de convertir aquellos a los que “nos duele el hombro derecho google voy a tener suerte” y terminamos leyendo tantos diagnósticos que acabamos teniendo sida o cáncer, como si el sida o el cáncer fueran cosa de todos los días.

viernes, 1 de agosto de 2014

El invaluable cotidiano

Hace apenas unos semanas estaba arruinada, tenía meses sin trabajo y por tanto deprimida. Sobreviví gracias a labores temporales que caían a cuentagotas gracias a mis amigos. Aquellos fueron días extraños, la mayor parte del tiempo no tenía nada que hacer salvo leer todo día en piyama, ver películas y comer comida casera, cosas que no suenan del todo mal si no tomamos en cuenta que apenas y me alcanzaba para la renta y probablemente podía durar hasta tres días sin meterme a la regadera. Dentro de ese oscurantismo que afortunadamente fue más corto de lo que creí (el tiempo en épocas de crisis es especialmente acuoso, hay días en los que crees que simplemente ese el nuevo infernal hábitat al que hay que aprender a adaptarse y así vivir por el resto de la eternidad) había momentos luminosos: la generosidad y gratitud de personas por las que no esperabas nada y la apreciación microscópica de momentos pueriles, en otras palabras, me alimentaba, también, de sucesos inesperados. Toda acción ya era un lujo y, tomar un baño, un magno evento. Todo significa.

 Me encontré esto en un libro que el que por fortuna trabajé en esos días tan críticos:



 Todos construyen su propio Hamlet y yo también lo hago con el mío. Me gusta leer a Shakespeare en las áreas de comida de los grandes centros comerciales. Dado que los asientos no son muy cómodos, estos espacios son de lo mejor para leer y escribir. No sé por qué. Tal vez sea porque estos lugares alimentan nuestros deseos más triviales y la banalidad resulta profundamente relajante. Todo es llamativo y consumible. Adolescentes echan vistazos a los videojuegos y a las chicas, y los adultos leen sus periódicos mientras hacen durar sus cafés de comida rápida. Todo es tan tranquilo en oposición a los tumultuosos teatros donde originalmente se representaban las obras. ¿Ha existido una tarde más placentera en la historia de la humanidad que la de comer una Big Mac después de comprar unos pantalones en Gap? La literatura importa más que nunca en estas condiciones, como baluarte contra la suavidad de las mareas de la modernidad, esas olas de plástico que amenazan con arrollarnos, engordarnos e idiotizarnos. En el área de comida de un centro comercial deslumbra el poder y la gloria de una obra como Hamlet.



Después de trabajar en ese fragmento no pude sino sentir un antojo incontrolable por una BigMac, ¿quién no tiene un antojo de esa índole por lo menos una vez al año? Además, en medio de la desventura en la que vivía, ir al centro comercial más cercano a comer a McDonald’s suponía el mejor plan de los últimos tiempos. Corrí con Gabriel a Plaza Insurgentes y subimos directo a la zona de comida. Mientras aniquilábamos sendas hamburguesas apareció detrás de mi esta escena.





miércoles, 2 de abril de 2014

Lo que somos cuando estamos muertos

 “Mi padre decía que la razón de vivir era prepararse para quedarse muerto por un largo rato”. “As I lay Dying” comienza con esa sentencia en voz de Addie Bundren, una matriarca sureña con cinco hijos: Darl, Jewel, Dewel, Cash y Vardaman. Anse, es el esposo. Un hombre al que poco se le entiende debido al mal estado de su dentadura y al acento sureño.
Esta película, basada en la novela de Faulkner y dirigida por James Franco, es la historia de una familia, que como muchas, lo único que los vincula es la madre, o peor, su muerte. La cinta corre con ella que, aún agónica, escucha la sierra que el mayor de sus hijos usa para cortar la madera de su futuro féretro. Pese a su título, traducido en España como “Mientras Agonizo”, se cuenta la historia de alguien que ya murió y que precisamente por ello ya no veremos más, no obstante, su presencia es tanta que hasta huele. “As I lay Dying” es un road movie devastador. La familia debe llevar el cuerpo de la madre al pueblo natal para que tenga digna sepultura junto a los suyos, tal y como prometió hacer su marido. Bajo ese juramento, emprenden un viaje tortuoso con miles de obstáculos en el camino, como si morir hubiera sido lo de menos. “¿Por qué no me llamaste antes?”, reclama el médico a Anse. Nada supuso un impedimento para ese gran meta que es morir.

* * *

El río está desbordado y hay que cruzar con la carreta. El padre, la hermana (Dewel) y el pequeño logran cruzar andando, los demás cruzan con la madre, los caballos y el vehículo. Un tronco enorme se interpone, la carreta se rompe, el féretro navega unos minutos y, mientras todo esto sucede escuchamos un soliloquio de Addie a propósito de las palabras y la vocación que poseen de ser tan sólo recipientes.

* * *

Recordé ese otro enorme road movie de Buñuel, “Subida al cielo”, filmada en México y en donde también hay una matriarca moribunda y el ataúd de una niña muerta en un camión atascado en un río. Por supuesto, el tono es otro, en Buñuel es todo humor negro y en este otro caso, en el encadenamiento de desdicha no hay tregua y muy probablemente tampoco queremos que haya. Pareciera que todos estuviésemos pugnando la misma pena.

* * *

Al principio hay una escena en la que Vardaman, el hijo más pequeño, viene cargando un gran pez que encontró en el puente. Se lo muestra a su padre y él le indica que vaya a limpiarlo. Antes de eso, atestiguamos cómo Jewel, en solitario, logra domar a un caballo salvaje. Cuando están casi listos para partir, ya con el cadáver en la carreta, Vardaman le dice a su hermano Darl (interpretado por James Franco extraordinariamente dirigido por él mismo) “mi mamá es un pez”, Darl responde “la mamá de Jewel es un caballo”, “¿qué es tu madre”, pregunta el pequeño a Darl, “nada, yo no tengo una”. Acaso todos somos huérfanos de distinta madre aunque nos haya parido la misma.  


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La pueden ver acá y acá



lunes, 3 de febrero de 2014

Sobre los días en suspenso

El año pasado mi mamá me regaló una caja de Tafil, El discurso vacío de Levrero y una revista que robó de algún museo en España en la que viene un cuento de él ilustrado. Supongo que como los personajes del relato son conejos funcionaba bien para esa clase de revistas de arte, moda, literatura, diseño, sustentabilidad y todo esto.

Hace apenas unas semanas que acabé libro. Interrumpí la lectura por un viaje de tres semanas que hice a Guadalajara. Ahí aproveché para desempolvar libros que no he podido aún traerme al DF y para hojear algunos textos que leí en la universidad y que es hora que no me atrevo a desechar. Tengo dos enormes cajas de fotocopias  con las que todavía no puedo saldar el asunto del desapego. Siempre se me cruzan ideas tipo “tengo cosas ahí que seguro ya no se pueden conseguir” y ese tipo de pretextos de anciano ideático.

El asunto es pues que justo leí el regalo de mi madre y tuve al respecto algunas impresiones:

Estamos frente a una serie de textos que en apariencia no poseen ninguna intención artística o literaria: son básicamente un ejercicio de autoconstrucción a partir de la voluntad, ésta, según Levrero, llega a través de la adquisición de la conciencia del yo, al que llama luego “el yo moderno”. En este caso se ejerce gracias a una terapia grafológica que consiste en lograr la concentración necesaria para trazar correctamente letras y palabras. La calidad caligráfica es inversamente proporcional a las disertaciones que escribe, dice “la hoja en blanco es como un gran postre de chocolate que mi régimen me prohíbe comer y que derrota mi voluntad”.

* * *

Las vicisitudes de la cotidianidad se narran como una sumisión inagotable. No la rutina, que en todo caso sería una victoria para voluntad del “yo moderno”, sí la cotidianidad, en donde “lo circunstancial siempre desplaza a lo esencial”. Cuando leí esto me acordé de algo que escribió Sofía hace muchos años. Decía que la vida (o específicamente crecer o madurar, no lo recuerdo muy bien) era como la necesidad de cruzar una avenida y, en lo que se pone la luz roja para que puedas hacerlo, coges un banquito para sentarte, luego alguien te acerca una mesa, le pones encima un café, una lámpara, unos libros, después, ya qué, una cama, el ventilador, etcétera; y cuando menos piensas ya está instalado un departamento sobre la acera. “Hombres en suspenso” (menciona Levrero el título de la novela de Saul Ballow), no suspendidos ni que penden, sino inconclusos, personas entre paréntesis. De ahí tal vez la fascinación de algunos por los aeropuertos y los hoteles (¿no es el viaje una treta para escondernos de la posibilidad de pertenencia?) y por la búsqueda infinita de excusas para estar en la perpetua postergación de nosotros mismos.

* * *

Pareciera que esta escritura terapéutica, “con carga ‘mágica’”, funciona en dos niveles. La concentración para calcar el trazo caligráfico perfecto se asemeja un tanto a las terapias budistas para obtener un estado de conciencia sobre la realidad del momento presente, y por otro lado, si se fracasa –porque resulta imposible que no suceda– , el discurso se llena de nuevo para arrojar pistas psíquicas que ayudan a desmembrar las fuerzas autodestructivas que se esconden detrás de la inmovilidad. “¿Cómo salir de esto?”, dice al final de un capítulo. “Espero que la grafología me ayude, ya que los dioses me han olvidado.”

domingo, 3 de marzo de 2013

Una antología de todas las fotos tituladas "domingo"

No tengo muchos recuerdos de mi infancia, por lo menos no unos muy claros. Me provocaban mucho morbo las conversaciones de los adultos, creo que en gran medida estaba mucho más interesada en crecer que en jugar con mis pares. Recuerdo que como a los siete años hicimos un sepelio para una ave muerta cuya especie en Guadalajara llaman "conguita"; también de un día que fuimos a un rancho en donde celebraron un bautizo. Se hizo de noche y pasamos horas cazando luciérnagas que nos frotábamos luego en la ropa. No recuerdo de mucho más.
 De adolescente era ya más clara mi urgencia por parecer mujer y poder hacer cosas como beber y entrar a bares, así que usaba mucho maquillaje y tacones altos. Cuando por fin tuve a esa edad en la que se puede consumir alcohol legalmente, llegó la etapa del piterpanismo y me rehusé a crecer muchos años hasta que fue inevitable y me vi en la necesidad de, a punta de bofetadas, asumir lo que ahora soy.
 Todo eso pensaba mientras veía Amour (última película de Haneke) porque ahora, un parte de mí le teme profundamente a convertirse en anciana. 

* * *

Hasta hace unos días seguía en instagram a Naomi O, una japonesa que fotografía comida y naturaleza, pero principalmente comida. En algún momento me llegó a obsesionar su vida. Pareciera que todo lo que la rodea es perfecto: sus muebles, su casa, sus utensilios de cocina. La manera en la que muestra al mundo su almuerzo del día es tan impoluto y bello que irrita. Un día hasta soñé con con ella, es decir, con sus imágenes. En mi sueño, detrás de esos platillos supongo suculentos, había importantes capos del narco. Y nada, decidí dejar de seguirla. Habemos quienes un día simplemente ya no podemos con tanta perfección.

* * *

Hay quienes cantan en la regadera. Yo, en cambio, doy ponencias. El otro día impartí una sobre uso del polisíndeton en un texto de Macedonio Fernández. También hago disertaciones en torno al amor o simplemente justifico mis fracasos: ¿por qué en un año de latín no logré aprender nada?, por ejemplo. 
Y pues, eso.

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Hoy me compré dos pares de zapatos porque estoy aburrida y los puse en instagram; o cómo la foto de unos zapatos nuevos también puede fungir como la más hermosa postal de la derrota. 




domingo, 6 de enero de 2013

Notas para iniciar el año y otras cosas que ni al caso

- El año pasado lloré mucho. Nunca había padecido al amor como una suerte de destapacaños. Me gustó.

- Odio tener y, más aún, enlistar y hacer públicos los propósitos (o "resoluciones" como los llaman en el portal gringo para el que trabajo) de año nuevo. Me parecen una mezcla de ingenuidad y pedantería. Sin embargo, en esta ocasión siento una fuerte necesitad de abandonar algunas muletillas, eso y el uso de ciertos superlativos. Esto por sugerencia de un artículo que leí en una revista para mujeres: "Cosas que hay que hacer antes de cumplir 35". El listado era, obviamente, frívolo e irreal, pero ese punto me pareció sensato y me gustó para adoptarlo. 

- Me gusta mucho leer de esas revistas en los aviones. Es como un ritual personal con el rindo tributo a esa otra chica ordinaria que soy. 

- Mi highlight de 2012 tiene el cabello rubio. Lo conocí en un bar hace casi un año y ahora viven conmigo él y sus cuatro gatos. 

- Hace poco compré un par de libros para una pareja amiga de nosotros que nos dio morada recientemente en Nueva York. Suelo regalar libros de poesía que yo misma no he leído pero que en el fondo deseo mucho. Es como mi manera de gritar "sálvate tú".

- "Mientras menos se desea, menos se sufre. El capitalismo neoliberal, tan dependiente del consumo, es casi un infierno budista", leí hace poco en esta cuenta de Twitter. Ese tuit dio vueltas en mi cabeza durante nuestras vacaciones en Nueva York. 
 Estábamos en Other Music, cargando un montón de discos, cuando le digo a G: creo que vamos a comer vinilos todo el 2013, claro que no, me responde sonriendo. Cuando llegamos a casa a por fin abrazar nuestra bendita rutina, descubrimos que el cable del tocadiscos ya no servía.